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Calles de Juego: un instante de paz

 

“Mi abuelita me decía que tenía que comerme todo, yo estaba llorando porque me dio una sopa que no me gusta.”

 

Era lo que estaba soñando Juan Camilo Acevedo de 9 años habitante del sector La Mariposa de Usaquén. Su abuelita había fallecido hace un tiempo, víctima de la violencia que se vive en uno de los sectores con mayor conflicto social de la capital colombiana. Su sueño se había interrumpido por los sonidos exteriores.

El cielo despejado de las 6:30 a.m. va dejando a la vista de todos los habitantes del sector la Mariposa, una panorámica de Bogotá que pocos tienen el privilegio de tener. El silencio abraza sus calles vacías los sábados en la mañana, y el frío invita a los durmientes a sumergirse, aún más, entre las cobijas, abrir los ojos a esa hora no está entre sus planes.

Esa cotidianidad se ve interrumpida el sábado 8 de junio: voces de hombres y mujeres, carros entrando a las calles de los barrios Santa Cecilia y Cerro Norte; algo está pasando, pero sus habitantes no lo saben.

Como si se estuvieran preparando para una gran fiesta, adultos y jóvenes se van sentando sobre los andenes con espejo en mano, van pintando en sus rostros figuras que darán paso al nacimiento de personajes maravillosos, fantásticos, traídos de los cuentos y de su imaginación. Son los artistas comunitarios que hacen parte de la Subdirección de Formación Artística del Instituto Distrital de las Artes del programa Nidos - Arte en Primera Infancia, almas entusiasmadas por traer juego y arte a un lugar en el que la violencia, el miedo y la intranquilidad se dibuja todos los días.

 

“Nos vestimos, nos maquillamos, nos ponemos lindos y calentamos para convocar la experiencia que es como nuestro hijo”

asegura Máximo Castro - Artista Comunitario de Nidos, y agrega:

“(...) hoy lo que estamos haciendo es una acción absolutamente maravillosa, conecta a la primera infancia con otras dimensiones, esta edad en la que se construye las certezas para la vida, sobre todo es como regalarles un poquito de capacidad de transformación, de juego, de incertidumbre...”

Las calles de los barrios Santa Cecilia y Cerro Norte empiezan a transformarse, las puertas del colegio IED Agustín Fernández sede B y C se abren de par en par, se levantan carpas, hay sonrisas y mucha expectativa.

Dos Nidos Itinerantes, más de diez experiencias artísticas y musicales, talleres de danza y de artes plásticas, decenas de personajes y la actitud al cien por ciento estaban listas para recibir a los curiosos.

Los ojos atónitos de los guardias de seguridad y una leve sonrisa los hace participes de lo que allí está pasando. Y es que es muy extraño ver tanta gente en esta zona como la que se encuentra en aquel lugar.

Sobre las 9:00 de la mañana el silencio ya no existe; las risas, los cantos, el juego, las historias se han tomado esas calles que horas atrás eran solo transitadas por las pandillas que las habitan. La violencia había sido desplazada por Calles de Juego.

 

 

Calles de Juego se estaba realizando por segunda vez en Bogotá, un evento que le apuesta al juego como un factor de construcción de comunidad, recuperando el espacio público para la familia y proponiendo otra forma de vivir el territorio para los niños de la ciudad, un evento realizado por el alcalde Enrique Peñalosa a través de La Subdirección de Formación Artística y sus programas Nidos y Crea del Idartes, con el apoyo del programa Crezco con mi Barrio de la SDIS y la Secretaría de Hábitat.

Los niños llegan solos tímidamente con sus pijamas puestas, con su cabello desaliñado, en chanclas, y con una sonrisa tímida, quieren saber si pueden jugar. Los personajes que por pocas horas vivirán en estas calles los llevan de la mano y es aquí donde comienza la magia.

Hoy los juegos son otros, el espacio para reír, asombrarse, cantar, esconderse, escuchar y disfrutar es otro, un lugar que todos los días recorren pero que no pueden habitar: la calle.

Las sonrisas son un factor común en esta jornada, sin embargo, llama la atención una que se oculta a través de unos pantalones anchos, camisa ancha y una gorra que escasamente deja ver parte de su rostro: es uno de los “campaneros” del barrio Santa Cecilia, uno de los integrantes de la pandilla que controla esa zona de Bogotá, y quien advierte de la presencia de autoridades y/o personas y movimientos extraños que ponen en riesgo su actividad ilegal.

Desde su esquina observa todo lo que pasa, recorre la calle de arriba a abajo mirando a todos los que allí se encuentran, llega de nuevo a su fortaleza, desaparece por unos minutos y regresa.

Sus ojos se pierden al ver a los niños jugar Escondidas, una sonrisa muy sutil se le escapa, él hace parte del juego de una forma invisible.

“Es curioso lo que pasó para venir a estos barrios: lo que hicimos fue desarmarnos, trajimos el corazón y lo estamos ofreciendo a quién llegue, tratar de intercambiar algo bonito y positivo” ,

comenta Silvia Paredes – Artista Formadora del programa Crea.

 

Más de 150 personas invadieron algunas calles “las permitidas” de los barrios Santa Cecilia y Cerro Norte, invasores que llevaron juegos, artes, experiencias diferentes a la cotidianidad de cientos de familias. Los niños dejaron el miedo atrás y abrieron las puertas de sus casas, decididos a pasar una mañana como pocas han tenido, ellos son los valientes de esta historia.

Los papás fueron menos arriesgados, unos cuantos se adentraron a aventurar, estaban absortos, habían olvidado jugar en la calle, encontrarse con sus vecinos, sonreír a los extraños, pero vivieron sin miedo unas cuantas horas.

“Me parece importante que traigan esta propuesta y más para los niños. Es bonito que los integren que les resignifiquen su niñez, mostrarle a los niños otras formas de vida. La gente no sale por las problemáticas sociales que se presentan: la delincuencia y la violencia, ese es el temor de la gente por sacar a los niños o permitir que otras personas vengan a interactuar con los ellos”, 

comenta María José Gómez habitante de la zona La Mariposa.

 

Son las 12 del medio día y se inicia el desmonte de las carpas, los artistas se van desmaquillando y quitando sus trajes, los niños van regresando a sus hogares, la calle poco a poco va quedando desierta, en silencio, habitada por una sola persona, el campanero.

Fueron tres horas en las que se pudo resignificar el juego, proponer la habitabilidad de la calle, la socialización con los vecinos; nuevas formas de vivir, de sonreír, de abrazar, pero sobre todo Calles de Juego fue la oportunidad para volver a ser niños.

“Nunca había jugado a las escondidas, tampoco había visto tantos niños en la calle, mis papás no me dejan salir, me dicen que es peligroso. Hoy ya tengo dos amigos más, y vamos a vernos abajo en la séptima para jugar allá”,

asegura Juan Camilo Acevedo.

 

 

Así vivieron los niños Calles de Juego